Las compañías de coches de caballos
tenían una oficina de reservas en las que un empleado custodiaba
el libro mayor en el que se anotaba el nombre del viajero, su
destino, el coche de caballos en el que estaba previsto el
desplazamiento, la fecha y hora del mismo. Una copia de la
anotación se entregaba al viajero como justificante y una
segunda copia iba destinada al guarda de la diligencia.
Los
primeros ferrocarriles copiaron este sistema, por lo que los
billetes de transporte consistían en esa copia de la anotación
del libro mayor, realizada en un impreso confeccionado con un
papel muy fino.
Este método fue válido para líneas
con pocos pasajeros, pero a medida que se generalizaban los
desplazamientos el procedimiento colapsaba las oficinas de las
compañías ferroviarias y los empleados de la misma prescindieron
de anotar algunos datos para ir mas deprisa (por ejemplo, en
lugar de anotar el nombre de la persona escribían "Boy", "Lady",
etc.).
Es evidente que esta forma de actuar
no era un inconveniente en el caso de los coches de caballos,
que podían transportar 12 o 16 pasajeros, pero creaba continuos
problemas en los trenes que podían llevar mas de cien personas.
Se
necesitaba un cambio en la forma de expedir billetes, y fue la
compañía del ferrocarril británico Leicester and Swannington
en 1832 la primera en inventar una alternativa: unas placas
metálicas, con forma octogonal, que llevaban estampada las
siglas de la compañía (L&S), la estación de destino (Bagworth,
Glenfield, Ashbyroad, etc.) y un número de serie. Inicialmente
este tipo de billete se utilizó para los viajeros de tercera
clase pero posteriormente se extendería a los que usaban la
segunda clase, aunque variando la calidad del metal. Por su
parte, la primera clase, seguía disfrutando del privilegio de
los billetes en papel.
La
oficina de la compañía seguía anotando algunos datos de los
viajeros en un libro de registro, pero ya no era necesario
confeccionar copias de la reserva y autorización del viaje,
bastaba con entregarle al pasajero la placa metálica. Éstas eran
recogidas al finalizar el viaje y guardadas en un estuche de
piel dividido en ocho compartimentos, uno por cada estación de
la línea.
Muchos ferrocarriles de la época
copiaron esta iniciativa, introduciendo variaciones en la forma
de las placas metálicas (redondas, cuadradas, hexagonales, etc.)
e incluso desarrollando unas especiales para directivos de las
compañías y para los viajeros de primera clase a base de
combinaciones de bronce y plata.
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En ocasiones
especiales, algunas empresas ferroviarias o de tranvías,
entregaron a sus directivos y consejeros unos pases
confeccionados sobre marfil, otorgándoles un mayor nivel
de distinción personal.
El que se muestra aquí como
ejemplo, procedente de los Tranvías de Barcelona, es
el único ejemplar que se conserva en España. |
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Colección Juan Domingo Ventura |
El resto del
personal de los ferrocarriles también recibía este tipo de
identificaciones, aunque realizados con metal de menor calidad y
grabados muy rudimentarios.
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El de la fotografía
fue entregado en 1932 a los trabajadores de las obras del
Gran Metro de Barcelona.
Es, también, el único ejemplar de
pase metálico que se conserva de los ferrocarriles de
nuestro país.
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Colección Juan Domingo Ventura |
Es de destacar
que este tipo de placas (metal tallies o tokens en
inglés) ya existían en la minería británica y se han seguido
utilizado con posterioridad en muchas compañías, ya que cumplían
una doble función: servir de identificación para viajar en los
transportes de la empresa o en otras con las que la se tenía
acuerdos, y garantizar la identificación del trabajador en caso
de accidentes en las minas (por este motivo, cada minero tenía
siempre asignado el mismo número de serie).
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"En las
compañías mineras británicas estas placas metálicas tenían
diversos nombres:"checks",
"tokens", "tallies", |
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"motties", "pins",
"tickets" o "passes". |
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Colección |
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National Mining Memorabilia Association (c) |
A principios
del siglo XX algunas compañías de ferrocarriles urbanos (metros
y tranvías) de Estados Unidos reimplantaron los "tokens" como
billete de transporte, desarrollándose un enorme muestrario de
modelos en los que destacan la introducción de diseños a base de
perforaciones geométricas o grabados de letras representativas
de la ciudad o de la empresa.
Por su particularidad también existe un ámbito del
coleccionismo especializado en ellos, aunque por su forma
redonda y soporte metálico pueda parecer que está mas cerca de
la numismática que de la "forondotelia" (término que se utiliza
en España para definir a los coleccionistas de billetes de
tranvía y por extensión al coleccionismo de títulos de
transporte en ferrocarril). En la realidad tuvieron dos usos
habituales: el inicial se desarrolló para las primeras máquinas
de control de acceso en los ferrocarriles urbanos, pero luego se
extendieron en las compañías de tranvías como forma de pago de
los viajes, por lo que podemos ubicarlas en los dos campos del
coleccionismo..
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